Por Carlos Elipe, a medio camino entre la realidad y la ficción, parece que sÍ hay más cosas que contaros. . . . . . . . .
viernes, 15 de mayo de 2026
CUANDO DEJA SE SONAR EL TELÉFONO.
Es España, en general tenemos una gran conciencia sobre las donaciones y los trasplantes de órganos.
Es recurrente escuchar en las noticias los éxitos de nuestro sistema nacional de salud en cuanto al número de donaciones y adelantos médicos en la solución de enfermedades a partir de trasplantes, cada vez más complejos.
Me atrevería a decir que damos por supuesto que para la mayoría, trasplante, es sinónimo de éxito y curación del paciente.
Lo que hay que entender que esto pasa en trasplante de órganos sólidos (riñón, corazón, pulmones).
La situación cambia mucho cuando la donación es de médula ósea, que en muy poco tiene que ver con el resto de trasplantes.
En primer lugar, hay una inmensa desinformación al respecto, tanto de cómo se hace y qué efectos secundarios tiene.
Tampoco es conocido el bajo porcentaje de donaciones efectivas. Se estiman unas cifras que dicen que, son necesarias 4.000 donaciones, sí, 4.000, para tener una que finalmente pueda ser recibida por un enfermo oncohematológico.
Dentro de las muchas cosas que he tenido que escuchar en estos años de enfermedad, ha sido que “no dono porque luego sé que va al mercado negro y se vende”.
Cosas así, hacen que quiera seguir intentando pelear desde donde pueda y con los medios a mi alcance para influir en mi entorno y cambiar estas conciencias.
Pero hoy, además de la habitual reivindicación, necesito escribir sobre lo que voy aprendiendo en el camino de la enfermedad.
Cuando a inicios del 2024 se supo que padecía cáncer, se generó a mí alrededor y hacia mi familia una ola de solidaridad increíble. Recibimos durante los primeros meses miles de mensajes, apoyo constante y eso hizo que el primer trago fuera más llevadero.
En realidad no me puedo quejar de ese apoyo. Nunca me he sentido solo. En estos dos años de pelea, siempre, esa solidaridad incondicional ha estado presente.
Entonces, por qué escribo esto.
Como contaba al principio, cuando le dices a alguien que te han trasplantado, se genera en tu interlocutor una sensación de alivio, de que las cosas van bien y que casi estás curado, rebajando su nivel de “preocupación”.
Para un trasplantado de médula ósea, esto está lejos de la realidad.
Y en mi caso particular, no solo no ha sido así. He tenido que afrontar un segundo trasplante, ya que el primero no funcionó teniendo una recaída complicada.
También es cierto que los enfermos, yo el primero, somos muy egoístas, vivimos 24 horas al día por y para intentar recuperarnos y la vida convencional que todos pretendemos pasa a un muy segundo plano. Un amigo me ha llegado a recriminar que prácticamente solo sabía hablar de mi enfermedad.
A donde quiero llegar. No solo lo digo por mí, puesto que como decía antes, nunca me he sentido solo. Lo digo por todos los enfermos hematológicos que padecen enfermedades similares a la mía.
Puesto en una coctelera todo lo que he descrito, a lo que hay que añadir que los plazos de recuperación son muy largos, pasada la ola inicial, el nivel de atención que recibíamos baja considerablemente. Hay días que el teléfono deja de sonar.
Hay quien me ha dicho que no escribe por no molestar. A nadie le molesta un mensaje de solidaridad.
Sé que la vida sigue y que todos tenemos problemas cotidianos a los que por falta de tiempo muchas veces no llegamos.
Si quien me lee conoce algún enfermo de cáncer, le pido por favor que nunca deje de estar presente en su recuperación. Que sea el propio enfermo quien marque esa necesidad. Lo demás nos suena un poco a excusa.
Alguien me preguntó que estaba aprendiendo de este proceso. Le contesté que no estaba aprendiendo nada, que me limitó a vivir el día a día.
Hoy puedo decir que si he aprendido algo y es conocer a ciencia cierta con quien puedo contar y con quién no.
Trata a los demás como quiera que te traten a ti.
Carlos Elipe Pérez
+90 (2º trasplante) – 15 de mayo de 2026
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