Hoy soy +365 y es San Vicente de Paúl[1]. Se cumple un año de mi trasplante de médula ósea.
Es el momento idóneo para sacar de mis adentros lo que pasó en los días previos, el día del trasplante, y los inmediatamente posteriores.
Algunas de las cosas que voy a escribir o de las fotos que voy a mostrar no son bonitas, pero me resulta sanador, remover mis recuerdos, sacarlos de mi cabeza y escribirlos, para, no volver a releer lo aquí contado y así, intentar pasar página.
Tengo una premisa: resumirme a mí mismo lo acontecido, no hacerlo demasiado largo, pero a priori no lo aseguro; tengo mucho que sanar.
No soy nada especial. En el año 2024 se realizaron en España un total de 3.844 trasplantes de médula ósea: 2.246 autólogos y 1.598 alogénicos[2].
Simplemente soy uno de esos 1.598 alogénicos y puedo explicar en primera persona del singular lo que es ser un trasplantado y las muchas fatigas que se pasan siéndolo. Lo que viene a continuación, como dice mi amigo Juanjo, es tan verídico como cierto.
Arranqué el proceso, a primeros de agosto del 2024, con dos rejonazos muy dolorosos.
El primero, saber que mi mediocre médula ósea no permitía un trasplante autógeno, ya que no generaba suficientes células madre; y el segundo, tener que escuchar, leer, asumir y firmar lo que supone un trasplante alogénico, en una conversación de lo más dura con el hematólogo. Y digo dura, por no decir dramática.
Transcribo a continuación algunas líneas, de lo que me explicaron ese día y que conservo en un documento de “CONSENTIMIENTO INFORMADO” que hasta hoy no había querido leer:
“RIESGOS FRECUENTES:
- Infecciones, anemias hemorragias […]. Las infecciones por bacteria, virus u hongos pueden ser graves.
- Toxicidad de la quimio-radioterapia. Este tratamiento origina […] náuseas, vómitos, diarrea y úlceras en la boca de intensidad variable. Otros efectos a tener en cuenta es la esterilidad, por lo general irreversible.
- Enfermedad injerto contra huésped. Puede aparecer a las 2-3 semanas (forma aguda) del trasplante o al cabo de meses (forma crónica). Requiere tratamiento intensivo durante un largo periodo de tiempo. Si se logra su control, la complicación habrá sido beneficiosa ya que ayuda a eliminar la enfermedad. Si no se controla, supondrá un grave riesgo para el paciente al favorecer el desarrollo de infecciones graves por hongos o virus.
- Recidiva de la enfermedad. Aunque este procedimiento ofrece las máximas posibilidades de erradicar la enfermedad, en ocasiones ésta puede reaparecer al cabo de cierto tiempo.
- Como consecuencia de estos efectos secundarios el trasplante alogénico comporta un riesgo para la vida del paciente; riesgo muy variable en función del tipo de enfermedad que se esté tratando, del estado del paciente y de la enfermedad en el momento del trasplante.
RIESGOS POCO FRECUENTES:
- Fallo o rechazo del implante. […]
- Toxicidad de la quimio-radioterápia. Puede producirse una toxicidad grave que afecte a algún órgano vital (hígado, pulmón, corazón, etc.). […]
- En caso de infección grave, fallo respiratorio o afectación grave de algún órgano vital, se puede requerir ingreso en la unidad de cuidados intensivos para tratamiento de soporte vital.
- Neoplasias secundarias: debido al efecto de la quimioterapia o a la disregulación del sistema inmunitario, pueden aparecer tumores en piel, pulmón, boca u otros órganos, años después de la realización del trasplante.
CONSECUENCIAS DE LA REALIZACIÓN DEL PROCEDIMIENTO
Las razones generales y particulares por las que este tratamiento puede resultar beneficioso para su salud son eliminar de su cuerpo las células que originan la enfermedad y sustituir mi médula ósea enferma por una sana y libre de enfermedad. Dicho tratamiento es, hoy por hoy, el que ofrece mayores garantías de control de su enfermedad. A pesar de ello, no está totalmente garantizada la curación de la misma, ya que, en ocasiones, puede reaparecer la enfermedad a pesar del trasplante.”
Los “riesgos frecuentes” los he padecido todos (la enfermedad injerto contra huésped en grado agudo), y gracias a Dios, a día de hoy ninguno de los “poco frecuentes”.
Usaba antes la palabra dramática para referirme a la conversación con el hematólogo. Este, fue especialmente incisivo en la frase “riesgo para la vida del paciente”, exponiendo con claridad y derroche de minutos, las múltiples formas en las que me podía morir por los riesgos frecuentes del trasplante. Uso por ejemplo el término “muerte súbita”. Lo reconozco, Almudena y un servidor salimos llorando de la consulta.
En la imagen siguiente, papel manuscrito del médico, que aún conservo, donde resumía el trasplante, y sus posibles efectos secundarios, con un alentador +18 para darme el alta, yendo todo bien. He trascrito su letra para que se entienda mejor el documento.

Imagen: Agosto 2024
Además, el médico me advirtió en esa misma conversación, que el trasplante tendría lugar en el antiguo 12 de Octubre, donde las condiciones “habitacionales” eran deplorables[3]. Se quedó corto el muchacho.
Resultado de esos rejonazos: la necesidad de hacer testamento, cuestión que el médico también me recomendó ese día y que firmé en el notario dos semanas después, a primeros de septiembre.
Así, con dos heridas aun sangrando, afronté el resto de agosto y las primeras semanas de septiembre. Pese a todo, ningún día dejé de subirme en la bici y ganar mi particular etapa del tour de Francia, ningún día dejé de beber 3 litros de agua, ningún día dejé de alimentarme como Dios manda, ningún día dejé de intentar estar de buen humor, ningún día bajé los brazos, eso sí, ningún día tuve que peinarme.
Llegué al hospital 12 de Octubre en la tarde del viernes 20 de septiembre, sobre las 18:00 horas, con pelusilla por pelo, 75 kilos y un aceptable aspecto general, dispuesto para afrontar la guerra que se venía encima. Qué inocente.
Los días siguientes, siempre fueron cuesta arriba, al 20% de pendiente media. Yo me entiendo.
Me instalaron ese viernes en una habitación provisional, la 24, un cuchitril destartalado, a la espera de pasarme definitivamente a una de aislamiento, cosa que sucedió el martes siguiente.
La segunda rampa llegó sin descanso, el sábado. Mis cifras hematológicas no admitían un port-a-cath o un hickman[4] en el pecho, y para recibir el tratamiento necesario no servía el PICC que “traía de fábrica”[5] y del que ya he contado cosas en otros artículos pretéritos. Me instalaron cuál avatar una vía en la yugular (catéter venoso central o CVC), con tres luces de uso. Cuando la doctora cosía el tubo de entrada, para fijarlo a la piel y que no se moviera, lo hizo fuera de la zona anestesiada. Tuve que morder la almohada para soportar el dolor. La chiquilla dejó el catéter bien puesto a la primera y no tuvo que repetirlo, menos mal.
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Fotos: septiembre 2024 – Vía instalada en mi cuello.
Más. Dentro de los múltiples servicios que tenía a mi disposición, pedí una pedalera, atención psicológica y la vista del capellán.

Foto: septiembre 2024 – Pedalera que usé durante el ingreso hospitalario.
El domingo por la mañana recibí la visita del capellán del hospital, no recuerdo su nombre, con el que pude confesarme. Soy creyente a la par que pragmático, su presencia supuso un rato de sosiego.
Ese mismo domingo empecé con la quimioterapia previa al trasplante, llamada “régimen de acondicionamiento” en mi caso, mieloablativo[6] que consistió en dosis de alta intensidad durante los siguientes cuatro días.
Sabía lo que era pasar por ese trance, el de ser envenenado, pero esta quimio es una leche con la mano abierta que no la ves venir.
Fueron cuatro días donde desde el primer minuto, tras recibir el veneno, empezó un declive progresivo, físico y clínico, que quise acompañar con un rasurado total en la cabeza.
El miércoles, tres días después, ya no podía ni con los 21 g que dicen pesa el alma.
En la foto que acompañan se puede ver mi estilismo para el ingreso.
Si la habitación 24 era un cuchitril, la de aislamiento donde me trasladaron el martes, la número 4, era directamente un zulo.
Las fotos que muestro a continuación son de zulo de 3x3 donde estuve ingresado prácticamente un mes, y no revelan su tamaño, pero creerme, era realmente angosto. Puede dar fe de ello la única persona que, fuera de mi familia y sanitarios, pudo entrar, mi director espiritual que allí se plantó un día para acompañarme.
Ya estando aislado, para hacerme una radiografía de tórax, vinieron a la habitación con una máquina portátil de rayos x, tipo jirafa. De risa, las maniobras que tuvieron que hacer para meter el artilugio y hacerme la radiografía.
Las eternas “caminatas” por el pasillo de la planta, de unos 25 metros de longitud, tirando del palo “sujeta bombas” de lo más curiosas. En la imagen que muestro a continuación se ve el pasillo en su totalidad.
El viernes 27 de septiembre a las 13:00 aprox. me realizaron la infusión de células madre (no confundir con operación) que es en lo que consiste el propiamente el trasplante.
Ese día los médicos lo consideran el día 0 y en argot de los trasplantados, lo denominan “cumplevida”.
Con respeto, profunda y sincera admiración por todos ellos, siempre será un día especial, por eso hoy celebro el +365, pero nunca más importante que el día en que mi madre me dio la vida. Sería tanto como decir que el cáncer es más importante que ELLA y por ahí no paso.
La medicación de ese día fue un "simple poloramine” que provocó en mí un relajante estado de somnolencia.
Lo que me estremeció de ese momento concreto, solo encuentra sentido siendo católico. El aislamiento fue en una habitación del servicio de Hematología de la planta baja del antiguo hospital 12 de Octubre.
Por la ventana, que daba a un patio interior, se veían los sistemas de aireación del vetusto hospital, y varias plantas, 6 o 7, del viejo edificio (tenia 18), sin llegar a ver su azotea, sirviendo en realidad para dejar entrar la claridad del día. Parecía un semisótano.
Finalizada la infusión, sobre las 13:20, durante unos segundos, un potente rayo de sol invadió la habitación, con una luz casi cegadora, cuestión que no pasó en ningún otro momento del largo confinamiento. El enfermero que me acompañaba podría atestiguar como cierto lo que digo. Yo lo entendí con claridad, y el que quiere creer que crea.
El sábado +1, domingo +2 y lunes +3, digamos que me dejaron en paz con mis caunadas.
Bueno, en paz. Debido a las obras en el hospital, y los consiguientes hongos en suspensión, pese a las medidas de aislamiento, desde el primer lunes, y hasta el final del internamiento, debía inhalar tres veces por semana, durante cuarenta minutos, un producto amarillo, antifúngico, en una cachimba de plástico reutilizable, conectada al conducto de oxígeno del hospital (10 dosis en total).

El martes empezó la verdadera pelea.
Situación está la del sondaje y el estreñimiento, con dolores múltiples incluidos, que duró efectivamente una semana y que la calificaría como infernal.
¡A Dios la luz! Te tienen que envenenar hasta para parar lo que supuestamente te debe salvar.
Esta quimio es demoledora. Vómitos y mareos a casco porro desde el primer momento.
Perdí casi de inmediato la posibilidad de comer, mucositis se llama la cosa, con alimentación parental al canto, y un estreñimiento tan feo, con una posible infección por herida incluida, que por desagradable, solo contaré que los hematólogos debían revisar mi “puerta trasera” todos los días. Allí me tenías, decúbito lateral, desnudo y “cuatro críos” hablado de cómo veían el tema.
Todo para enmarcar.
Me permito usar la palabra críos, muchachos, etc., con mis médicos. Es síntoma de que, he pasado mucho tiempo con ellos, y la confianza dicen que da asco. Además, me voy haciendo mayor. Algunos de los que me han salvado la vida, podrían ser mis hijos. Son esa generación JASP, jóvenes aunque sobradamente preparados, vamos unos putos cracks. No pongo sus nombres, y desenfoco sus caras, ellos saben quién son y lo agradecido que estoy de su trabajo. Sé que alguno incluso me lee. Nada mejor me podía pasar.

Foto: habitación 4 – Servicio de Hematología - Hospital U. 12 de Octubre. 16/10/24 Día del alta hospitalaria.
Sigo. No hay que perder de vista que en todo momento estaba conectado a varias bombas que por mi yugular, introducían en el torrente sanguíneo un sin fin de fármacos.
A esto sumamos qué el wc de la suite 4 era tan angosto qué o entraba yo, o las bombas que me mantenían con vida, pero los dos, no.
Así que más de siete veces siete, la situación era la siguiente: irrumpía el personal sanitario, de todo tipo, en la habitación (entran de manera constante desde la 6:30 y hasta las 23:30) y yo allí, en el trono, saludando, con la puerta abierta y las bombas en el pasillo, pitando, con los medicamentos a tutiplén. Siento contar estas escabrosidades, pero tomarlas con humor, ayudaba bastante.
Uno de esos días, no recuerdo cuál, recibí la visita de la psicóloga. Bien, agradable, una cosa más. Me conozco, sé mis taras y algunas de mis virtudes, acepto como soy, acepto lo que me está pasando. Me volvió a visitar un par de veces más. Lo dejamos aquí por qué no hay mucho que escribir por ahora.
El jueves +6 empezaron nuevas “movidas”. Por la tarde empecé a tiritar y tener mucha fiebre. La enfermera me dijo: “Enhorabuena, el injerto empieza a funcionar y tu organismos se revela”. Jo, der, se, si se revela. Vaya cuatro días de fatigas, malas, pero malas, de vómitos, de fiebres, de diarreas, de no salir de la cama, de, … de seguir sin poder peinarme.
Otro síntoma fue un sarpullido muy notable, fundamentalmente en las piernas, que derivó en dos visitas de los dermatólogos, con biopsia de la piel incluida. A día de hoy conservo la cicatriz, en la espinilla derecha, del mordisco que me dieron. Pensaron que tenía escorbuto[8]; resultó ser una reacción a la ciclofosmamida.
Pese a lo mal que me encontraba, según los médicos, iba cumpliendo los pronósticos más optimistas, en breve mejoraría y podría salir de la cama.
Efectivamente, el +10 manifesté una mejoría cuasi milagrosa. No era para tirar cohetes, pero sin fiebre, pasaron los dolores y las tiritonas y con ellas, dejemos atrás los analgésicos, la pastillita para dormir y la morfina.
Pero, quién dijo miedo. A la vez irrumpieron en mi vida los inmunosupresores, por ahora, todos por vía intravenosa, de diversos tipos y con diversas dosis diarias. Hace unos días escribía sobre ellos[9] y de sus chachis efectos secundarios, así que hoy no me extenderé. Empecé a tomarlos el día +10 y he dejado de tomarlos el día +334 (18/08/25).
De ese +10, al +18, una semana y un día, no dejé de pasar penurias, pero sin pasos atrás, incluida la retirada de la sonda.
Por prescripción médica, el +14 empecé a beber agua, ese día 1 litro, el +15, 2 litros y el +16, 3 litros, costumbre que no he podido dejar, y que aún hoy hago a diario[10].
El +18, era el día previsto para mi alta, siempre, según el papel manuscrito del médico que he mostrado antes. Me encontraba bien, y pensé que me iría para casa. No fue posible, las cifras de la analítica no fueron suficientes. Tengo que reconocer que ese día, llevando 26 ingresado y sintiéndome bien, si fue un pequeño jarro de agua fría.
Mi médula siempre por libre, siempre tan HDP.
Pero el médico no se equivocó mucho, como es costumbre desde que me trata, el día +19, el miércoles 16 de octubre, pautaron los inmunosupresores por vía a pastillas y me dieron el alta. Está firmada a las 14:00 h. Por fin. Salí del hospital a medio día.
Os lo reconozco, del brazo de Almu, que nunca me ha dejado solo, recorrí el pasillo de salida del servicio de hematología, a rastras, no podía ni con la mascarilla. Pero levantando el puño cuál Nadal en Roland Garros, recogiendo la algarabía de las enfermeras que allí se despedían de mí. A la mier.., perdón, a paseo el zulo para siempre.
Desde entonces, hasta hoy, la recuperación ha seguido siendo un calvario, que poco a poco y día a día se me está haciendo largo.
Pero la verdad de las cosas es otra.
Las posibilidades reales de estar muerto a día de hoy, siempre han sido muy elevadas, en Semana Santa 2025 las cosas pintaban feas, así de crudo y así de sencillo.
Sigo sin estar fuera de peligro. Mi médula siempre va por libre, a su aire, en su línea.
Gracias a Dios, y a los médicos, estoy hoy de pies y dando guerra, viviendo con ganas el presente. Creo sentirme un superviviente y sin falsa modestia pienso que he conseguido mi pequeña gran victoria.
Carlos Elipe Pérez
+365 – 27/09/2025
PD. Quiero enviarle un beso muy grande Juana, compi de fatigas, a quien le realizaron un trasplante de médula ósea alogénico, justo antes que a mí, en la misma habitación número 4 y que hoy no está pasando buenos momentos.
[2] En 2024, en España se realizaron 3.844 trasplantes de médula ósea según la memoria anual de trasplantes de la Organización Nacional de Trasplantes (ONT). 2.246 fueron trasplantes autólogos (con células del propio paciente) y 1.598 fueron alogénicos (con células de donantes), como el mío. De estos, casi la mitad, 748 fueron de donantes anónimos no emparentados, gracias al sistema REDMO.
[3] El Hospital Universitario 12 de Octubre se inauguró el 2 de octubre de 1973. El trasplante me fue realizado en unas instalaciones, que 51 años después, habían cambiado muy poco. Además, hay que añadir que en 2023 se terminó la construcción del nuevo hospital, por lo que todos los recursos se destinaron a este, dejando las antiguas instalaciones con un mantenimiento muy básico. El servicio de Hematología se trasladó desde la planta 0 del antiguo, a la planta 8 A y B del nuevo a finales del mes de octubre, pocos días de mi alta hospitalaria, siendo yo, el penúltimo paciente de la habitación 4.
[4] Un Port-a-Cath es un dispositivo de acceso venoso central de larga duración, que consiste en un reservorio (un pequeño disco metálico) implantado bajo la piel y conectado a un catéter que llega a una vena grande. Un Hickman es un catéter de vía venosa central tunelizada de larga duración instala realizando un túnel bajo la piel en el pecho, el cuello o la clavícula, de forma que el tubo entre en una vena grande (como la vena yugular o subclavia) que lleva hasta la vena cava superior, cerca del corazón.
En ambos casos se utilizan para aplicar tratamientos como quimioterapia, transfusiones, nutrición parenteral, así como la extracción de muestras sanguíneas, sin necesidad de punciones venosas periféricas.
[5] El PICC (Catéter Central de Inserción Periférica) me fue colocado en mi brazo izquierdo el 12/03/24 por personal de enfermería del servicio de Hematología, en el H.U. Infanta Leonor. Es un tubo delgado y flexible que se introduce en una vena del brazo y llega hasta una vena grande cerca del corazón, utilizándose para tratamientos intravenosos prolongados como quimioterapia, antibióticos o nutrición parenteral, evitando canalizaciones frecuentes y protege el sistema vascular.
[6] La quimioterapia previa a un trasplante de médula ósea, llamada régimen de acondicionamiento, es un tratamiento de altas dosis de quimioterapia y/o radioterapia que destruye las células dañadas en la médula ósea, el cáncer y suprime el sistema inmunitario del paciente para permitir que las nuevas células madre trasplantadas se establezcan y no sean atacadas. Este proceso puede ser de intensidad alta (mieloablativo) o de intensidad reducida, dependiendo de la salud y edad del paciente, para preparar la médula ósea para recibir nuevas células madre sanas.
[7] La ciclofosmamida se usa después del trasplante de medula ósea para "depleción de células T in vivo", lo que significa que mata las células T del donante dentro del cuerpo para prevenir que ataquen los tejidos del receptor.
[8] El escorbuto es una enfermedad que ocurre cuando usted tiene una carencia grave de vitamina C (ácido ascórbico) en la alimentación.
[9] LOS INMUNOSUPRESORES - LA VIDA DESDE MI ATALAYA - Se puede leer en:
http://lavidadesdemiatalaya.blogspot.com/2025/09/los-inmunosupresores.html
[10] Se ve en resumen del “CONSENTIMIENTO INFORMADO” que los riesgos del trasplante son muchos y en consecuencia la medicación que ha de tomarse es abundante. En la hoja manuscrita del médico, previa al trasplante, ya me advierte que, tras el alta debía tomar tres litros de agua diarios y tomar treinta pastillas. El injerto y la medicación causan graves problemas renales. Si no se ingiere esa cantidad de agua, los problemas de salud son de una trascendencia vital. Así que, haga frio o calor, llueva o haya sequía, tanga ganas o no, desde septiembre 2024 intento tomar todo el líquido que pueda. Hay días, los menos que son 2 litros, y hay días, los más, que se acerca a 4 litros.






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